Frankenstein y el Padre Nuestro

Escribir no es contar los recuerdos, los viajes, los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al novelista más alternativa que la de Bastardo o de Criatura abandonada.

Gilles Deleuze. Literatura y Vida (1987)

 

La obra de teatro que adapta Frankenstein (1818) de Mary Shelley se programó en el Teatre Nacional de Catalunya dirigida por Carme Portaceli.  Guillem Morales, director y guionista conocido del gran público por el film Los ojos de Julia, firma la adaptación. Los principales protagonistas, criatura y creador, son interpretados por Joel Joan y Àngel Llàcer.

La historia es sobradamente conocida y se ha llevado a las pantallas en muchas ocasiones. Después de haber galvanizado un recosido de miembros inanes que renacen a la vida, el científico Víctor Frankenstein huye horrorizado ante el nefasto resultado de tantos años de investigación. El Hombre Nuevo, que cual Dios moderno pretendía presentar al mundo, es un engendro. Y el engendro huye al ver que huyen de él. No sabe que su fealdad lo convierte en diferente, y por tanto en algo malo, algo que hay que apartar, incluso aniquilar.

Ambos huyen presos del miedo a lo que no conocen. Pero solo uno es inocente: el monstruo no tiene la culpa de ser un monstruo. Esta vez el pecado está en el dios creador y en él llevará su penitencia.

Cuando, gracias a un giro de la historia, el Infeliz ser adquiera consciencia de sí, querrá ejercer su libre albedrío para ser bueno. Pero el rechazo de los demás lo abocarán al mal.

En la adaptación de Morales hay un alegato, subyacente en la obra de Shelley, que aquí cobra una importancia capital. Cuando la escritora inglesa concibe este relato, lo titula Frankenstein or The Modern Prometheu. Pero el relato no trata tanto la identificación del científico visionario con aquel Prometeo que se enfrentó a los dioses sino de la tragedia de un científico endiosado que se enfrenta a sus semejantes y atrae hacia ellos dolor y muerte.

El misterio de la vida y la muerte, los esfuerzos de la Humanidad para sobrellevar ambas pulsiones, preside cada minuto de la obra que comienza con la terrible descripción del fallecimiento de la madre de Víctor tras el alumbramiento de su hermano pequeño.

La pregunta de su novia cuando él le explica que, en la soledad de su laboratorio, ha creado una vida es tan humana como reveladora: ¿ha sido con otra mujer? No, Frankenstein ha anulado el papel de la mujer en su re-creación de la vida humana. No será la madre muerta la que va a resucitar y el resucitado no tendrá otra madre que la Ciencia manipulando, forzando, a la Naturaleza.

El discurso del padre de Víctor para animarle a pedir matrimonio a la dulce Elisabeth también se basa en una vindicación del reloj biológico de la muchacha. Hundido por las desgracias que han sucedido al final de su existencia, entre ellas la muerte accidental de su hijo pequeño a manos del monstruo acorralado, el anciano se reprocha no haber sido un buen padre.

El ciego De Lacy, que vive en el bosque ignorando los sucesos y los males de la sociedad, se convierte en el tutor de la Criatura adoptando el lugar del padre misericordioso. Aquel que no ve su fealdad intuye su sufrimiento, lo acoge en su casa y le enseña a hablar. Al transmitirle el nombre de las cosas le da también nombre al él, lo Bautiza. Porque él no es menos que una cosa. Lo llama Amigo y con el nombre le transfiere algo más que una palabra para llamarle. Le da la Dignidad como hombre.

Es también el ciego quien le enseña a leer, le habla de la conveniencia de tener una compañera y siembra en él la esperanza de un “Paraíso” posible, de una Tierra Prometida en la que poder vivir en armonía con una pareja. Por un momento la Fe en la Bondad del Prójimo, la promesa del Amor provocan la Esperanza de una existencia soportable.

Cuando muere el viejo De Lacy, el Hombre sin Nombre despierta de su sueño de dicha y corre a conocer a su verdadero “creador”. Al corroborar su rechazo, le chantajea asegurándole que le dejará en paz si consigue crearle una “compañera”.

Frankenstein accede; pero cuando se da cuenta que con ello puede contribuir a perpetuar esta nueva raza de engendros decide destruir a la novia de Frankenstein antes de resucitarla. Valiente científico que huye del resultado de sus investigaciones. Valiente creador que no puede asumir la dimensión ni las consecuencias de su obra.

De nuevo el Infeliz queda solo. Sin mujer, sin padre. La venganza es entonces terrible: esta vez, consciente de desear el Mal, acabará con la buena de Elisabeth. Víctor, al ver muerta a su amada, también se quita la vida. Entonces el Monstruo quiere invertir los papeles y dar vida a su padre. No a su novia, a su padre.

Ya lo veis, el monstruo de Frankenstein, antes que una novia, quiere un padre que le quiera. En verdad todos, incluso los que no creen en dios, al sentir la dolosa herida de la soledad rezan un Padre Nuestro.

 

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